La política de izquierda enfrenta un desafío constante: equilibrar el horizonte amplio del gobierno con el horizonte cercano del partido. Escuchar y organizarse con los compañeros no debilita al gobierno, sino que fortalece la democracia y asegura coherencia en el proyecto político.
Una zona del debate político actual radica en diferenciar los roles y horizontes de un gobierno y de un partido de izquierda.
Un presidente tiene la obligación de gestionar el Estado, de negociar, de representar a todos los ciudadanos, incluso a los que no votaron por él. Su horizonte es más amplio: lo público, lo institucional, la estabilidad, la política exterior, la economía. Un presidente en funciones no puede —y no debería— permitir que la lealtad partidaria condicione cada decisión. No porque la izquierda pierda su esencia, sino porque el gobierno tiene responsabilidades que trascienden la militancia.
El partido, en cambio, tiene un horizonte cercano y cotidiano: preserva la identidad ideológica, mantiene debates internos, moviliza bases, hace pedagogía política y explica al pueblo, incluso cuando la realidad es dura o compleja. Escuchar a los compañeros, organizarse y educar políticamente son herramientas para fortalecer la conexión con la base y mantener viva la conciencia colectiva.
El problema surge cuando los horizontes se confunden. Ignorar al partido es aislar la militancia y perder capital político; dejar que la militancia determine cada decisión puede comprometer la eficacia institucional. Pero escuchar no es dejarse determinar: es integrar voces que enriquecen la gestión y fortalecen la coherencia del proyecto.
En este marco, Lula señaló en la ONU, ante presidentes de izquierda, que cuando la izquierda olvida a sus compañeros al llegar al gobierno, incluso declarándolos “radicales”, se pierde un capital político esencial. Su observación enfatiza que la izquierda debe articular su política en la calle, organizarse, escuchar y ejercer pedagogía política, conectando el horizonte amplio de la gestión con el horizonte cercano de la militancia. Solo así se profundiza la democracia y se mantiene la fuerza de su proyecto político.
Gobernar y militar no son instancias opuestas, sino complementarias: el gobierno mira el país en su conjunto, el partido mira la militancia y la pedagogía diaria; el arte político consiste en unir ambos horizontes sin sacrificar ninguno. Ahí se juega la verdadera fuerza de un proyecto: transformar sin romper el hilo con quienes lo hicieron posible.
Pero no olvidar, como dijo un mandatario que tuvimos —al citar a otro, más viejo y de tierras lejanas—: cuando habla el presidente, habla el país.
