Una encuesta de Equipos Consultores publicada en octubre mostró que el 36 % de los uruguayos se identifica con el centro político. Si se suman las franjas de “centro-izquierda” y “centro-derecha”, el número supera a los extremos tradicionales. La conclusión parece obvia: el centro existe. La política — más aún la uruguaya de 2025— intenta reescribir el mapa de lo que ha sido durante años.
Uruguay mantiene una cultura cívica moderada. Los acuerdos, la negociación y la idea de que “nadie tiene toda la razón” forman parte del ADN institucional del país. Sin embargo, esa moderación social convive con una lógica partidaria a veces más rígida, donde los incentivos premian la cohesión de los bloques antes que el diálogo transversal.
Durante años, la competencia se estructuró en torno a dos polos: el Frente Amplio y la coalición blanqui-colorada que más tarde se expresó en las elecciones de 2019 como una coalición multicolor (Partido Nacional, Partido Colorado, Cabildo Abierto y Partido Independiente), y durante el mandato de Luis Lacalle Pou (2020-2025) como coalición de gobierno. Ahora ese acuerdo entre pares del ala derecha y centro derecha, fragmentada por resultados electorales de 2024, caras nuevas e intereses distintos, está bajo riesgo de no volver a conformarse.
Es decir que con el retorno del Frente Amplio al gobierno bajo la presidencia de Yamandú Orsi, el equilibrio entre los dos grandes bloques políticos comenzó a reacomodarse. La coalición multicolor ya no actúa como un bloque compacto.
El centro tampoco significa lo que significaba. En los años noventa, ser moderado implicaba rechazar los extremos ideológicos; en los 2000, buscar un punto de encuentro entre la sensibilidad social y la responsabilidad fiscal. ¿Parte de ese centro no se configura actualmente por cansancio? ¿Ese centro no está harto de la confrontación? Podría ser un centro más emocional que doctrinario, más defensivo que propositivo.
Ese matiz es clave para entender el presente político. Si la moderación se transforma en una forma de desconfianza, deja de orientar al sistema y se vuelve apenas refugio. Orsi parece consciente de esa tensión: gobierna con un discurso que busca combinar empatía y gestión, pero enfrenta a algunos referentes de la oposición que intentarán convertir cada gesto conciliador en signo de debilidad. En tiempos de ruido, la moderación necesita parecer firme para no confundirse con la indecisión.
La encuesta de Equipos es clara: el centro persiste como brújula cultural. En Uruguay nadie gana sin parecer razonable. La moderación no es un programa, es un tono: un modo de estar en la vida pública que transmite estabilidad y previsibilidad. Puede no tener partido, pero sigue marcando el límite de lo aceptable.
Cuando un dirigente se aleja demasiado de ese tono —cuando grita, exagera o busca épica—, lo siente enseguida: pierde al votante que no grita, pero decide. Uruguay, incluso en tiempos de polarización digital, continúa siendo un país de moderados. La cuestión final es si la paciencia del centro seguirá marcando límites o terminará exigiendo protagonismo.

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